Si los altos costos energéticos frenan la actividad norteamericana, México resentirá el golpe por la vía más sensible: sus exportaciones manufactureras.Si los altos costos energéticos frenan la actividad norteamericana, México resentirá el golpe por la vía más sensible: sus exportaciones manufactureras.

México está en posición ventajosa en esta crisis… por ahora

2026/03/10 15:00
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La guerra no solo se pelea con misiles. También se paga en los precios de la gasolina, la electricidad, y en el tipo de cambio y las expectativas de crecimiento.

Eso es lo que vuelve a ocurrir con la guerra en el Medio Oriente y la creciente tensión en el estrecho de Ormuz, pese a que ayer por la tarde se haya distensado en alguna medida el nerviosismo luego de las declaraciones de Trump, quien dijo que la guerra está por terminar.

Eso llevó a alzas en los mercados bursátiles de EU, así como a caídas del precio del crudo y pérdidas del dólar frente a otras divisas, entre ellas, el peso.

Cada vez que la presión militar aumenta en una zona clave para la producción y distribución de energía, la economía global recibe una sacudida. El Brent llegó ayer temprano a casi 100 dólares por barril, un nivel que no se había visto desde mediados de 2022. Luego bajó.

Suben los precios del petróleo, se encarece el gas natural, crece la demanda de activos refugio y los mercados cobran una prima adicional por el riesgo geopolítico.

Ese costo no aparece en ninguna ley fiscal, pero existe. Es un “impuesto invisible” que termina afectando a empresas, consumidores y gobiernos.

La pregunta es qué tanto de ese impuesto le toca pagar a México.

La respuesta es que sí se paga… pero bastante menos que otros.

México no está fuera de riesgo, pero tampoco figura entre las economías más vulnerables. Tiene condiciones que pueden amortiguar una parte del golpe.

Una es evidente: México exporta petróleo. En un contexto de alza en los precios del crudo, eso significa mayores ingresos por exportación y un apoyo parcial para las finanzas públicas. No es una solución mágica, pero sí un factor que compensaría una parte del deterioro externo.

El problema es que la historia energética mexicana nunca es lineal. Junto con sus exportaciones de crudo, el país importa gasolinas, gas natural y petroquímicos. Gana por el lado del petróleo, pero pierde por el de los combustibles e insumos industriales. Eso lo convierte, en términos amplios, en una economía energéticamente deficitaria, que importa cerca de 47 mil millones de dólares, pero en virtud de las exportaciones petroleras tiene un déficit de sólo 25 mil millones.

Un elemento cambia la ecuación: la ubicación geográfica. México forma parte de la región donde hoy se consigue el gas natural más barato del mundo industrializado, que ayer se cotizaba en poco más de 3 dólares por millón de BTU, mientras Europa y Asia enfrentan precios hasta cinco veces mayores. México tiene acceso al gas de Texas, que representa alrededor del 65 por ciento del consumo nacional, o poco más, y es crucial tanto para la generación eléctrica como para buena parte de la industria.

En la economía actual, el costo de la energía define competitividad. Quien paga menos por gas y electricidad tiene mejores condiciones para producir, exportar y atraer inversión.

Esa ventaja, sin embargo, también es una fuente de dependencia. Si ese flujo se interrumpiera por razones políticas, climáticas o de infraestructura, el impacto sería severo.

Sin embargo, un rompimiento total luce improbable: la integración de América del Norte es demasiado profunda como para pensar en una disrupción deliberada sin costos enormes para todos. Esa interdependencia funciona como ancla.

De ahí que el mayor riesgo para México probablemente no esté en el precio del petróleo por sí mismo, sino en el efecto que un conflicto prolongado pueda tener sobre la economía de Estados Unidos.

Si los altos costos energéticos frenan la actividad norteamericana, México resentirá el golpe por la vía más sensible: sus exportaciones manufactureras. Nuestra verdadera exposición no está solo en el barril de crudo, sino en el mercado al que vendemos.

En el frente financiero, la tensión geopolítica suele fortalecer al dólar y presionar las monedas emergentes. Un ajuste cambiario moderado, tras una etapa de apreciación del peso, no es necesariamente negativo: puede devolver margen competitivo a exportadores. Es lo que hasta ahora hemos tenido.

Una depreciación brusca, en cambio, traería presiones inflacionarias y menor confianza inversora.

Conviene, entonces, evitar dos errores opuestos: el alarmismo y la complacencia.

El primero llevaría a pensar que México estaría entre las principales víctimas de una crisis energética global. El segundo sugeriría que por estar al lado de Estados Unidos el problema ya está resuelto. Ninguna de esas dos lecturas es correcta.

México tiene ventajas reales: integración con la economía estadounidense, acceso al gas más competitivo del mundo desarrollado y capacidad para beneficiarse parcialmente de mayores precios del crudo.

Pero esas ventajas no se traducen solas en crecimiento ni en inversión. Necesitan política pública, certidumbre regulatoria e infraestructura funcional.

México sí puede salir relativamente mejor librado de esta turbulencia. Pero no por destino manifiesto. Lo hará solo si convierte su posición geográfica en una verdadera estrategia económica.

En tiempos de guerra, no hay ventaja que se pueda desperdiciar.

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