Tiene la escena más costosa de la historia del cine mudo, cumple 100 años y es un enorme clásico de todos los tiempos del cine universal. El sábado 21 a las 20, en el Palacio Libertad, la Fundación Cinemateca Argentina presentará la función homenaje por el centenario del estreno de El maquinista de La General, el insustituible clásico que Buster Keaton rodó durante el verano norteamericano de 1926. La proyección funcionará también como homenaje por los 60 años del fallecimiento del actor, que murió el 1 de febrero de 1966.
La función del sábado no será una más, sino que tendrá el distintivo del acompañamiento musical en vivo y la enorme posibilidad de disfrutar de la misma selección musical que James C. Bradford realizó para su estreno en los Estados Unidos, que será ejecutada aquí por la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil San Martín, con la dirección del maestro Santiago Chotsourian. Increíblemente, el hoy enorme clásico, con escenas memorables, hace un siglo fue un enorme fracaso comercial.
Pero antes del fallido estreno todas fueron sonrisas, porque el rodaje de El maquinista... fue una de las mayores satisfacciones profesionales que Keaton tuvo en su vida. Para sus locaciones, el equipo se trasladó casi 1500 kilómetros desde Hollywood hasta Cottage Grove, en Oregon. El investigador John Bengtson explicó que el gran dinamismo al retratar la recreación en farsa de “la gran incursión de Andrews” -tal como se denominó a la persecución de la locomotora dentro del hecho militar real acaecido en 1862 durante la Guerra de Secesión- se consiguió gracias a que justo al este del pueblo había un conjunto de vías de tren paralelas que se extendían por aproximadamente media milla. “Lo que hicieron fue que Buster y los actores viajaran por una vía y luego la cámara viajara por la vía paralela hacia el norte, y así todas las tomas en movimiento que se ven fueron filmadas de esta manera”, señaló Bengtson en una conferencia que puede verse en YouTube.
Los guionistas Al Boasberg, Clyde Bruckman, Buster Keaton, Charles Henry Smith y Paul Girard Smith tomaron este hecho del libro Daring and Suffering: A History of the Great Railway Adventure (Audacia y sufrimiento: Una historia de la gran aventura ferroviaria), escrito por William Pittenger y que detallaba cuando voluntarios del ejército de la Unión condujeron un tren hacia Chattanooga, Tennessee, dañando la línea ferroviaria a su paso, mientras eran perseguidos por otras locomotoras. Fue un hecho de guerra, una acción luego reivindicada con varias medallas de honor, pero en 1862 la aventura terminó en tragedia porque buena parte de sus involucrados fueron capturados y murieron en la horca acusados de espionaje y sedición.
¿Era posible conseguir una comedia con semejantes antecedentes? Así lo consideró Clyde Bruckman, que propuso tomar ese hecho y realizar la película que ubica a un imaginario Johnnie Gray que ama tanto a su locomotora como a su novia, Annabelle Lee, quien un día le pide que se aliste en las filas del Ejército Confederado. Pero Johnnie no es admitido, su novia cree que es un cobarde y decide olvidarlo. Al cabo de un año, con la Guerra Civil todavía marcando el pulso de los acontecimientos, la mujer considera que la mejor forma de visitar a su padre herido es a bordo de La General, que resulta robada por el Ejército del Norte con ella a bordo. Así, Johnnie debe salir en busca de su locomotora y también de su amada.
El guion era una síntesis perfecta para Keaton, fanático de los trenes, que intentó alquilar la real locomotora que estuvo implicada en los acontecimientos. “Los yanquis eran los héroes y los sureños los villanos, algo que temía que el público cinematográfico no aceptaría”, anotaba su biógrafa Marion Meade, destacando que Keaton lo solucionó cambiándose de bando y pasando al lado confederado, convirtiendo a su héroe accidental en un joven de Georgia. Pudo haber sido una primera señal de alarma, pero el ferrocarril Nashville, Chattanooga y St. Louis rechazó su pedido al conocer que el film sería una comedia. Eso no interrumpió el frenesí de la producción, que decidió comprar varias locomotoras similares a las que estuvieron implicadas en aquellos acontecimientos de casi seis décadas atrás. Tenían un enorme presupuesto porque entre los entusiastas promotores de El maquinista de La General estaba Joseph Schneck, que había sido uno de los fundadores de la 20th Century Fox y era el presidente de United Artists, productora del film.
El 27 de mayo de 1926, Keaton llegó a Oregón con cañones reales de la época de la Guerra Civil e incluso un pueblo para construir. Contrataron allí a 1500 personas para tener preparado un rodaje que comenzó el 8 de junio, y que alternó entre incendios y partidos de beisbol. Los primeros formaron parte de la extensa lista de accidentes que tuvo la filmación de la película, que derivaban del uso de leña en las locomotoras, con incendios que involucraban bosques y granjas; mientras que los segundos eran habituales los domingos y también en muchos ratos libres del rodaje en los que Keaton demostraba su habilidad con el bate. Hubo ruedas de tren que aplastaron pies, balas de fogueo que atravesaron rostros, e incluso una acrobacia que dejó inconsciente a la estrella cómica de expresión seria; pero también muchos momentos felices e incluso un casamiento entre un técnico del equipo y una chica local.
El presupuesto estaba por las nubes y aún faltaba la escena icónica del film, aquella que sería la más cara de toda la historia del cine mudo. Tuvo lugar el 23 de julio, cuando no hubo maquetas ni efectos especiales y se tiró un enorme tren al río Row con un costo de época de más de 40 mil dólares (hoy, fácilmente, más de medio millón), para esa escena culminante cuando un tren de la Unión los persigue intentando cruzar un puente prendido en llamas. Tres mil personas del pueblo se reunieron para ver al grito de “¡Acción!” cómo seis cámaras comenzaban a grabar en simultáneo y desde diferentes ángulos, lo que sería una única toma sin posibilidad de repetición. Se concretó y, tal como puede verse en el film, todo fue al agua. La locomotora estuvo dos décadas en el lecho del río y muchos atestiguan que las vías aún están allí, reapareciendo con cada bajante del agua.
En sendas entrevistas concedidas a Christopher Bishop y John Schmitz, que publicaron Film Quartely y Cahiers du Cinema, Keaton explicaba que: “Habíamos reacondicionado tres locomotoras de 1880, bautizándolas The Texas, The Columbia y The General. Concebí The General según un grabado original, sirviéndome de una locomotora que había encontrado en un campo minero y reemplazándole el sistema de frenos por uno utilizado en la época. También encontramos varios cientos de kilómetros de vías estrechas, que nos sirvieron mucho. En todo el film no hay trucos, ni modelos, ni doblajes”, confirmaba -por si quedaban dudas- de todo lo que había visto con asombro un pueblo entero, incluso verlo saltar en las locomotoras en marcha.
El 18 de septiembre culminó el rodaje, pero comenzó el frenético proceso de montaje de los casi 70 mil metros de película para tener todo listo en diciembre. El estreno en territorio norteamericano finalmente sucedió el 5 de febrero de 1927 en el Capitol Theatre de New York; la crítica la destrozó y el público tampoco se mostró demasiado interesado en El maquinista de La General, que tuvo cifras de taquilla muy magras en relación a su enorme presupuesto y a la difusión de que se habían contratado reales veteranos de guerra para el reparto. Nada sirvió. Buster, así bautizado por Houdini, y nacido en una familia de artistas de ascendencia escocesa e irlandesa como Joseph Francis Keaton, veía cómo la obra más monumental realizada por él hasta la fecha era mirada con desprecio. Si bien tuvo luego de El maquinista de La General algunos éxitos, esta película le quitó buena parte de su independencia artística, y la llegada del cine sonoro lo sumió en un progresivo declive.
Deberán pasar dos décadas para que Keaton sea reivindicado desde papeles menores que demostraban su inmaculado talento: El ocaso de una vida (Billy Wilder); Candilejas (Charles Chaplin); La vuelta al mundo en 80 días (Michael Anderson); Algo gracioso sucedió camino al foro (Richard Lester), sumada a la reivindicación de su genio de la crítica europea. Meses antes de su muerte, víctima de un cáncer de pulmón que se ocultó con ahínco, el Festival de Venecia programó un homenaje cuya inmensa ovación de pie llevó a Keaton a las lágrimas. El maquinista de La General le había traído alegrías y tristezas, pero siempre fue la película de su vida y de la que estaba más orgulloso.
La locomotora original de la Guerra de Secesión se conserva en el Museo del Sur de la Guerra Civil y en Historia de Locomotoras en Kennesaw, Georgia, y si bien nunca intervino en el acrobático universo de El Maquinista de La General, gracias a la labor de Keaton, aquilata una fama aún más grande.

