Antes de cumplir los ochenta y con 61 años de trayectoria, el coreógrafo y director Mauricio Wainrot fue reconocido ayer como Personalidad Emérita de la Cultura. En una ceremonia “íntima”, pero muy concurrida, el secretario de Cultura de la Nación, Leonardo Cifelli, le entregó una placa de reconocimiento por su aporte a la danza contemporánea. “Cuando un artista como Mauricio triunfa en el mundo, no solo se reconoce su obra. También se reconoce la calidad, la creatividad y la fuerza de nuestra cultura”, subrayó.
Video homenaje a Mauricio Wainrot, personalidad emérita de la cultura nacionalAmorosamente recibido con aplausos y “bravos”, Wainrot convocó un auditorio de afectos, amigos de la danza y personalidades de la cultura de un amplio espectro. Lo acompañaron artistas, gestores y directivos de instituciones como Julio César Crivelli, presidente de la Asociación Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes; Tulio Andreussi Guzmán, titular del Fondo Nacional de las Artes, y Juan Antonio Lázara, a cargo del Área de Patrimonio del organismo en el que el propio homenajeado tiene a cargo el área de artes escénicas. También estuvieron el constitucionalista y cultor de las artes Daniel Sabsay; el director general del Teatro Colón, Gerardo Grieco; José Miguel Onaindia, Director de la Comedia Nacional de Uruguay; Silvana Moreno, Directora del Teatro Bicentenario de San Juan; la anfitriona de la casa, Valeria Ambrosio, el Palacio Libertad; Norberto Frigerio, director de Relaciones Institucionales de LA NACION; el abogado y coleccionista Claudio Stamato, la cineasta Teresa Costantini (realizadora del documental Wainrot tras bambalinas, que registró el viaje de Wainrot a sus raíces, en Polonia) y su casi tocaya, la curadora de arte María Teresa Constantín.
El espacio de la Cúpula recibió a la concurrencia con un repaso por la trayectoria profesional en un reel de fotos blanco y negro, entre ensayos y selfies, marquesinas y abrazos con Julio Bocca, Marianela Núñez y Paloma Herrera; recuerdos de El Mesías, Carmina Burana, Un tranvía llamado deseo y la Novena Sinfonía, algunas de sus creaciones más destacadas.
Con la intención de reconocer a los artistas en plena actividad, el Secretario de Cultura advirtió al micrófono que este reconocimiento “celebra una trayectoria extraordinaria, pero de ninguna manera, marca su final”.
El encuentro continuó con la proyección de un video homenaje, en el que Diego Poblete y Alexis Mirenda, entre otros, señalaron la huella que dejó en sus vidas profesionales el trabajo con Wainrot y cómo sus obras trascienden las fronteras nacionales. Luego, se dio paso a una conversación con los periodistas Constanza Bertolini y Ricardo Kirschbaum, sobre la historia personal y artística, la obra y la mirada que tiene de la cultura el homenajeado. Así, el relato viajó en el tiempo hacia los recuerdos dolorosos de la Segunda Guerra mundial que obligó a los padres de Wainrot a dejar Varsovia, las influencias de grandes coreógrafos como John Cranko y John Neumeier, y las decisiones que fueron guiando su carrera.
Entre el público, que completaba algunos recuerdos a viva voz, con nombres de maestros o de clásicos de la danza contemporánea, se encontraban, entre otros, la escenógrafa y vestuarista Graciela Galán –con quien Wainrot realizó varios trabajos, como Flamma Flamma–; el equipo de conducción del Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín (sus directores, Andrea Chinetti y Diego Poblete, y asistentes, Elizabeth Rodríguez, Melisa Buchelli); la maestra Alicia Muñoz, Lidia Segni y Guido De Benedetti; Analía Domizzi y Margarita Fernández, de la Escuela de Formación Nacional en Danza; miembros del Consejo Argentino de la Danza y su presidenta, Natalia Álvarez; los bailarines Sol Rourich y Juan Pablo Ledo, entre tantos que comparten una misma pasión.
“¿Cuántas vidas tuve yo?”, se preguntó Wainrot, recordando su paso por las inferiores de Atlanta, las clases de teatro con Onofre Lovero y la cantidad de años que estuvo, por ejemplo, como coreógrafo residente del Royal Ballet de Flanders, en Bélgica, como director del Ballet Contemporáneo y como creador del ballet Ana Frank, que fue montado en 17 ciudades del mundo. Sin olvidarse, nunca, de sus orígenes: sus primeros trabajos de escénicos fueron en el segundo patio del conventillo de Villa Crespo donde creció; allí dirigía a sus amiguitos y vecinos en pequeñas obras teatrales. Por supuesto, no obvió anécdotas de los años de formación en el Instituto de Arte del Teatro Colón hasta que descubrió la danza contemporánea en las clases de Eda Aisemberg, para luego agradecer a sus maestros Otto Werberg y Oscar Araiz. “Yo creo que me hice coreógrafo cuando creé la Sinfonía de los salmos, de Stravinsky, durante la Guerra de Malvinas", recordó.
Wainrot se encuentra disfrutando de la recuperación del movimiento después de las múltiples cirugías de cadera. “En este presente me veo trabajando, todavía no tiré la toalla”, advirtió y contó que, entre sus próximos proyectos, se encuentra un montaje de Carmina Burana en el Teatro del Bicentenario de San Juan y otro de Carmen en el Teatro del Libertador en Córdoba. Admitió que, aunque disfruta del trabajo, ya no quiere hacer viajes muy largos para no alejarse mucho tiempo de su pareja, sus almohadas ni de su perro Beto, un simpático salchicha.
“Para la memoria, sólo tomo agua”, se rio, haciendo gala de una admirable agilidad mental, la misma que Oscar Araiz le vio como cualidad en sus inicios. Con una precisión prodigiosa, el coreógrafo recordó los nombres que lo llevaron de la mano en cada proyecto y describió cinematográficamente escenas de su vida entre viajes, ensayos y aplausos con grandes compañías de danza del mundo.
En el final de la ceremonia, el público se agolpó para saludarlo personalmente con un abrazo.

