Resultaría política y económicamente muy costoso para Trump abandonar el T-MEC.Resultaría política y económicamente muy costoso para Trump abandonar el T-MEC.

Los pocos efectos de la amenaza de Trump

2026/02/12 14:09
Lectura de 4 min

El presidente Donald Trump está considerando, en privado, salir del pacto comercial de América del Norte, publicó Bloomberg ayer por la mañana.

Agregó la nota que Trump ha preguntado a sus asesores por qué no debería retirarse del acuerdo.

El resultado fue un cambio en la trayectoria del tipo de cambio del peso frente al dólar. Cerca de las 5 de la mañana, tiempo de Nueva York, la cotización había llegado a 17.13, con tendencia a seguir bajando, y a las 9:36 ya se encontraba en 17.26 pesos por dólar.

En el curso de la mañana se recuperó nuestra moneda y por la tarde volvió a moverse en un rango cercano a los 17.20 pesos por dólar, reflejando más cautela que pánico.

Tal vez en otros tiempos una revelación como la difundida hubiera causado mayores sacudidas en los mercados financieros.

Ahora, en el mercado, tiende a desestimarse lo dicho por el presidente de Estados Unidos o lo filtrado a propósito de sus opiniones.

No es la primera vez que Trump dice algo así en las últimas semanas. El 13 de enero, en la visita que realizaba a la planta de Ford en Dearborn, Michigan, dijo públicamente que el acuerdo comercial de Norteamérica era “irrelevante”, lo que motivó incluso una respuesta masiva de agrupaciones empresariales norteamericanas dando su respaldo al Tratado.

El 3 de diciembre del año pasado, había dicho en una reunión con ejecutivos de empresas automotrices norteamericanas que el T-MEC expiraba en aproximadamente un año y añadió: “probablemente lo dejemos expirar o quizás negociemos otro tratado con México y Canadá”.

Obviamente, Trump está equivocado. El T-MEC, que él mismo firmó, expira hasta 2036.

En las cláusulas del acuerdo no hay ninguna que fije al 2026 como fecha de expiración.

Para terminarlo, tendría que haber un acuerdo de los tres países o, si la decisión fuera unilateral, Estados Unidos tendría que denunciarlo y abandonarlo en un plazo de seis meses.

Entre quienes han seguido con detalle las negociaciones hay consenso en dos puntos.

El primero es que resultaría política y económicamente muy costoso para Trump abandonar el T-MEC.

El comercio intrarregional supera los 1.7 billones de dólares anuales. Las cadenas de suministro, particularmente en las industrias automotriz, electrónica, agroalimentaria y de dispositivos médicos, están profundamente integradas. Romper de tajo ese entramado implicaría afectar empleos en estados clave para cualquier elección en EU, como la que tendrá lugar este año.

El segundo es que el Tratado, tal y como hoy lo conocemos, no va a proseguir intacto.

Va a tener cambios relevantes y la discusión dominante es el alcance que tendrán y cuáles serán sus contenidos: reglas de origen más estrictas, mayores exigencias en materia laboral y ambiental, mecanismos de solución de controversias más acotados y, eventualmente, cláusulas vinculadas a China.

Ese es el verdadero punto de riesgo.

No estamos frente a un escenario binario de permanencia o ruptura. Estamos ante la posibilidad de una renegociación dura, asimétrica y condicionada por la política interna estadounidense.

Para México, el mayor peligro no es solo que el acuerdo se debilite, sino que la incertidumbre se prolongue. La inversión privada, que apenas comienza a mostrar señales de recuperación, es extremadamente sensible a las expectativas. Si los proyectos de manufactura orientados a exportación perciben que el acceso preferencial al mercado estadounidense puede erosionarse, muchos se pospondrán o se redimensionarán.

La economía mexicana depende en más de un 80 por ciento de sus exportaciones hacia Estados Unidos. Esa concentración, que ha sido fuente de dinamismo durante tres décadas, también es una vulnerabilidad estructural.

Por eso, más allá del ruido político, la discusión de fondo es qué puede hacer México con independencia del resultado de la renegociación.

Primero, fortalecer el mercado interno. Eso implica reglas claras, certidumbre jurídica y políticas públicas que incentiven la inversión productiva, no solo el consumo.

Segundo, diversificar exportaciones y destinos. No es sencillo ni rápido, pero la experiencia reciente ha mostrado que depender excesivamente de un solo socio amplifica los riesgos.

Tercero, elevar la productividad. Sin mejoras en infraestructura, energía, logística, capital humano y Estado de derecho, cualquier ventaja arancelaria será insuficiente.

El T-MEC ha sido un pilar del crecimiento mexicano desde 1994. Pero no puede ser el único.

Si la economía mexicana quiere sostener un crecimiento más elevado en los próximos años, debe adoptar medidas internas que reduzcan su dependencia de factores externos y que aumenten su resiliencia.

La renegociación vendrá, con mayor o menor intensidad. Lo que no puede venir es la parálisis.

La verdadera coordenada no es solo qué hará Trump. Es qué hará México frente a un entorno en el que la certidumbre comercial ya no está garantizada.

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