Hay que cuidarse de los autoritarios. No conformes con ejercer su imperio en el ámbito de sus propios asuntos, buscan imponer su voluntad en el espacio sagrado de la libertad ajena, asediándola y ahogándola. Si el autoritario tiene una estructura mental proclive a abrazar un dogma o una teoría cerrada que lo explique todo, la cosa se agrava: estamos ante alguien que lleva anteojeras y justifica su avance sobre los demás con el supuesto llamado de una misión sagrada; a ella sumará, eventualmente, acólitos junto a los que creará un nuevo culto. Acometerá esa misión con una cuota grande de soberbia, para probarse a sí mismo y confirmarle a los demás que está por encima del resto de la humanidad y, sobre todo, que es el dueño de la verdad.
Abundan personas con este perfil. En distintos ámbitos y en distintos grados. Tal vez nadie se salve, y menos un servidor, de tener a diario gestos autoritarios que nacen de la falsa impresión de que siempre estamos en lo cierto, impulso al que nos condena un rasgo de la incomunicación humana: no podemos ver el mundo sino desde la perspectiva de nuestros propios zapatos. Solo cuando recordamos que hay un “otro”, y que ese otro necesariamente mira las cosas desde un ángulo diferente, estamos en condiciones de deponer la soberbia y de admitir que, en el fondo, somos todos ignorantes.
El mundo y la vida se debaten en estas tensiones. El problema llega cuando alguien que reúne en grado elevado las características del autoritario accede al poder a través del voto. Porque en estos sujetos el afán de querer imponer a los demás la propia voluntad, la íntima convicción de poseer la verdad y la soberbia que eleva el ego a extremos patéticos se resuelven en una pulsión irracional por ejercer el control. Quien ejerce el control, tiene el poder. Y quien tiene el poder, ejerce el control. Esta dinámica lleva a este tipo de líderes a profundizar severamente, a lo largo de su gestión, el daño a democracias que, digámoslo, ya venían muy castigadas.
Sin ánimo de homologarlos enteramente, cuando pienso en la pulsión paranoica de control pienso en Cristina Kirchner y en Donald Trump. A Cristina no se la podía contradecir. Para acallar las voces críticas quiso ponerse en el bolsillo a los medios de comunicación y estuvo cerca de conseguirlo. Trump también quiere imponer su relato, que está por encima de todo porque emana de su voluntad. Su avance contra los medios es brutal. Y sí, Javier Milei forma parte del mismo club. Con un dato extra: comparte con Trump la condición de presidente influencer y, lo mismo que el magnate, consciente del valor del grito y la propaganda en tiempos de crisis de la realidad, ha montado en las redes milicias mediáticas que salen al ataque de toda crítica y de toda información que se considere adversa, al tiempo que alientan sentimientos de odio que tanto rédito le han dado a su proyecto de poder.
La Casa Blanca de Trump abrió la cuenta Rapid Response, donde viaja el relato oficial. El kirchnerismo creó Nodio, “observatorio de la desinformación”. Y ahora Milei crea la Oficina de Respuesta Oficial de la República Argentina “para desenmascarar mentiras y operaciones de los medios”, según un tuit del Presidente. No hay diferencia. Se trata de organismos creados por gente que no tolera otra voz que no sea la propia. La creación de esta oficina por parte del Gobierno significa poner al Estado al servicio de la propaganda del partido libertario, hoy empecinado en una “batalla cultural” que de cultural tiene poco, desde el momento en que busca anular el espacio de la duda y la crítica para imponer un dogma cristalizado que se esgrime como verdad revelada.
Milei quiere achicar el Estado, pero no en este punto. Me pregunto qué clase de liberalismo profesa. Al parecer, uno que cree en la libertad económica pero descree de la libertad del prójimo de tener sus propias ideas, su propia visión, y de expresarlas cuando y donde quiera, siempre que no afecten los derechos de los demás. ¿Qué clase de liberal es alguien con una necesidad tan manifiesta de control?
Orwell fue profético. Habría que volver a leer, en estos tiempos, esa gran novela que es 1984. Todos estos organismos son, en el fondo, Ministerios de la Verdad, una verdad que no es resultado provisorio del diálogo o del debate, sino que baja directamente desde el poder. Una verdad que, con los medios con que cuenta el Estado, busca imponerse en la mente de los ciudadanos ya no con altavoces o grandes pantallas precámbricas, sino mediante la pantallita insomne que llevamos adosada a la mano hasta cuando comemos o conversamos con nuestros hijos.
Cuando el kirchnerismo creó Nodio, durante la presidencia de Alberto Fernández, se alzaron muchas voces en defensa de la libertad de expresión. Sentaron posiciones bien argumentadas contra una iniciativa que encerraba riesgos totalitarios. Hoy, ante esta flamante Oficina de Respuesta Oficial, muchas de esas mismas voces tratan de justificar lo injustificable o simplemente callan. ¿Qué cambió? Antes eran oposición y ahora son parte del Gobierno. ¿Han claudicado en sus principios o evitan dañar al oficialismo y a la figura del Presidente? Tal vez todavía están a tiempo de salir en defensa de lo que alguna vez han defendido.
Reconozcamos, en principio, nuestras propias tendencias autoritarias. Tal vez eso ayude a reconocerlas afuera y ponernos en guardia.


