En un contexto global marcado por tensiones geopolíticas, ciclos políticos inciertos y un prolongado período de tasas de interés elevadas, la economía de EstadoEn un contexto global marcado por tensiones geopolíticas, ciclos políticos inciertos y un prolongado período de tasas de interés elevadas, la economía de Estado

Productividad en alza: una señal clave para los mercados de 2026

2026/01/30 23:03

En un contexto global marcado por tensiones geopolíticas, ciclos políticos inciertos y un prolongado período de tasas de interés elevadas, la economía de Estados Unidos continúa sorprendiendo por su capacidad de adaptación. Más allá del debate coyuntural sobre inflación, política monetaria o valuaciones de corto plazo, existe un factor estructural que comienza a consolidarse como el verdadero soporte del escenario de mercados hacia 2026: el aumento de la productividad.

Durante los últimos años, la economía estadounidense logró desacelerar la inflación sin provocar un colapso del empleo ni del consumo, algo poco frecuente en los ciclos monetarios restrictivos. Este resultado no es casual. Detrás de esta resiliencia aparece una combinación poderosa de inversión en capital físico, relocalización de cadenas productivas, automatización y, especialmente, inteligencia artificial.

La inversión corporativa en Estados Unidos se mantiene en niveles históricamente elevados. A diferencia de episodios pasados, este ciclo de gasto de capital no se financia mayoritariamente con endeudamiento especulativo, sino con cash flow operativo y balances sólidos. Las empresas líderes están invirtiendo para producir mejor, no solo más rápido. Este matiz es clave: cuando la productividad aumenta, la economía puede crecer sin presionar proporcionalmente los costos ni la inflación, ampliando su crecimiento potencial.

La inteligencia artificial cumple un rol central en este proceso. Lejos de ser una moda pasajera o una burbuja similar a la de las puntocom, la IA se está integrando de manera transversal en sectores tradicionalmente poco productivos como la salud, la educación, los servicios financieros, la logística y la energía. Su impacto no se limita al sector tecnológico; se extiende a toda la estructura económica. Por eso, más que una narrativa de corto plazo, la IA debe entenderse como una infraestructura invisible que redefine la eficiencia del sistema.

Este salto de productividad también ayuda a explicar por qué los márgenes corporativos se mantienen elevados y por qué las estimaciones de ganancias hacia 2026 siguen siendo constructivas, incluso en un entorno de tasas reales más altas. Una economía que produce más con los mismos recursos puede sostener retornos sobre el capital sin recurrir a desequilibrios macroeconómicos extremos.

Desde el punto de vista de los mercados financieros, este fenómeno tiene implicancias profundas. En primer lugar, reduce el riesgo de un ajuste macro abrupto. En segundo lugar, eleva el umbral de tolerancia de la economía a tasas de interés más altas. Y, en tercer lugar, justifica una mirada más selectiva —pero no necesariamente pesimista— sobre los activos de riesgo.

Esto no implica desconocer los riesgos. La elevada concentración del mercado accionario estadounidense, el peso de las mega-cap tecnológicas, las valuaciones exigentes en algunos segmentos y la dependencia de factores críticos como la energía y las tierras raras obligan a mantener una gestión prudente del riesgo. Si los mercados continúan subiendo, como muchos anticipan, la probabilidad de correcciones aumenta por definición.

Por ello, el desafío para los inversores de cara a 2026 no pasa por intentar anticipar el próximo movimiento de la Reserva Federal ni por cronometrar el mercado, sino por construir carteras resilientes. Diversificación geográfica, selectividad en renta variable, crédito corporativo de calidad, activos reales como el oro y una incorporación gradual de mercados privados aparecen como herramientas centrales para navegar un mundo más volátil, pero también lleno de oportunidades.

En definitiva, el escenario de mercados hacia 2026 estará menos determinado por el ruido de corto plazo y más por la capacidad de las economías —y de las empresas— de mejorar su productividad. En ese sentido, Estados Unidos parte con ventaja. Entender esta dinámica es clave para invertir mejor, no solo para invertir más.

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